Resistiré (psicológicamente) al estado de alarma (VI)

Resistiré (psicológicamente) al estado de alarma (VI)

Humbelina Robles Ortega – Psicóloga

Querido amigo, querida amiga

Hoy quiero compartir contigo una reflexión.

Los que me conocéis, sabéis que defiendo la idea de que ningún ser humano es una isla, que todos navegamos por la vida en el mismo barco.  Hace muchos años que he hecho mías las palabras del escritor y clérigo inglés John Donne:

La muerte de cualquier hombre me disminuye,

porque estoy unido a toda la humanidad,

por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas;

doblan por ti.

El duelo es un proceso psicológico que cada persona experimenta cuando se muere alguien significativo en su vida. Todos y todas hemos experimentado algún episodio de este tipo (la pérdida de un abuelo, de una abuela, de un padre, de una madre, de un hermano, de una prima, de un amigo, de una compañera de trabajo, ….). Aunque dolorosa, esta experiencia forma parte de la vida de cualquier persona. Como decía José Luis Sampedro:

La muerte no es importante para uno mismo, sino para quien nos quiere.

A lo largo de nuestra existencia y como consecuencia de nuestra propia experiencia, llegamos a desarrollar la creencia de que el mundo en el que vivimos es estable, predecible, invariable: nuestros seres queridos estarán con nosotros eternamente, nuestra profesión se mantendrá en el tiempo, nuestra salud será siempre de hierro, nuestra casa estará ahí, como un sólido pilar en nuestra vida, nuestros objetos personales siempre estarán cuando los necesitamos, …. 

Recuerdo que, hace muchos años –yo era una adolescente-, cuando mi abuela murió y mi abuelo se quedó solo, mi madre decidió que pasaríamos todas las vacaciones (de verano, Navidad y Semana Santa, con él, en el pueblo). Y cuando acababan las vacaciones y volvíamos a la Granada, en la despedida, mi abuelo me decía que seguramente esa sería la última vez que nos veríamos, porque, antes de que llegaran las próximas vacaciones, él ya no estaría allí.  Recuerdo que la primera vez que me lo dijo, me impresionó, y casi llorando le dije con el corazón encogido: “Papa (todos sus nietos lo llamábamos papa), no digas eso; seguro que nos volvemos a ver” (lo decía más como un deseo que como una convicción). Y llegaron las siguientes vacaciones, y las siguientes, y él estaba allí. Y siempre pasaba lo mismo. Al despedirnos, invariablemente decía que seguro que era la última vez que no veíamos. En seguida aprendí que no, que seguro que él estaría allí en las próximas vacaciones. Y así sucedió durante 8 años, hasta que finalmente murió. Durante esos años, yo llegué a creer que mi abuelo estaría con nosotros siempre.

Pero lo cierto es que esta creencia mía, como la de tanta gente, es pura ilusión. Un día, en un momento dado, una breve llamada telefónica desde el servicio de urgencias de un hospital, anunciándonos la pérdida de alguien que era una parte importante de nuestra identidad, puede cambiar nuestra vida, sin darnos cuenta, de forma radical.

A través del proceso de duelo, el ser humano va adaptándose gradualmente a la pérdida, hasta que esté preparado para aceptar este nuevo estado, esta nueva realidad. Nadie dijo que este proceso sea fácil y rápido. Depende de cada persona, depende de cada circunstancia. Y este proceso, en algunos casos, puede ser largo, complejo y difícil.

Durante el proceso de duelo, se experimentan sentimientos como la tristeza, el enfado, la culpa, la ansiedad y la impotencia. Abarca pensamientos (por ejemplo, de incredulidad, irrealidad, extrañeza, confusión, preocupación, pensamientos obsesivos, repetitivos, …), sentimientos (de insensibilidad, tristeza, enfado, ansiedad, miedos, culpabilidad, …), conductas (de aislamiento social, llanto, conductas impulsivas y dañinas, hiperactividad o hipoactividad, …) e incluso, sensaciones corporales (dolores de cabeza, debilidad, palpitaciones, pesadillas, insomnio, ….).

Pero lo que parece claro es que las madres y los padres no están preparados para sobrevivir a un hijo. Cuando esto sucede, es como si se muriera una parte de ellos mismos. Como dice el psicólogo Ramón Bayés:

La muerte de un hijo es lo que más se parece a la propia muerte.

Cuando un hijo pierde a un padre o a una madre, se le llama huérfano. Pero ¿cómo se le llama a la madre o al padre que se queda sin hijo, sin hija? No hay palabra en ningún idioma para poder racionalizar lo que no debería pasar nunca. Esta pérdida es un proceso muy doloroso, quizás de los más intensos que se pueden sentir: el dolor más grande jamás sentido. En palabras de Miguel Hernández: 

«….que por doler, me duele hasta el aliento».

La semana pasada nos dejó un pequeño miembro de la Asociación, Madiba, de apenas dos añitos de edad. Terrible noticia. Desde la Asociación, ¿qué le podemos decir a su madre y a su padre?

  • No podemos haceros sentir mejor. Nadie puede. No existen palabras, por mágicas que sean, que puedan hacer desaparecer vuestra pena, vuestro dolor.
  • No vamos a intentar consolaros comparando vuestra pérdida con otras “peores”. Es vuestra pena y ésta es intransferible, e inconmensurable. 
  • No os vamos a decir, mamá y papá de Madiba: “Sé cómo te sientes”.  Porque nadie lo sabe. Mejor dicho, la mayoría de nosotros no lo sabemos. No hemos vivido esta trágica experiencia. Pero seguro que saben con os sentís un pequeño grupo de la Asociación, que también ha pasado por algo parecido (también han perdido a un hijo o una hija). Recientemente, en este periodo de confinamiento nuestro compañero Juan José, ha sufrido la pérdida irreparable de su hija. Juan José, te tenemos presente en nuestra mente y en nuestro corazón.
  • No os vamos a decir que dejéis eso atrás, que olvidéis, y sigáis adelante con vuestra vida. No. No se puede olvidar, no se puede dejar atrás. Este no es el momento.
  • Queremos llorar con vosotros, papá y mama de Madiba.
  • El proceso de duelo puede permitiros buscar, para vuestro hijo, el lugar que merece entre los tesoros guardados vuestro corazón.
  • Solo esperamos que, con el tiempo, encontréis la manera de recodar en paz, y que a pesar de los momentos duro que tuvo la enfermedad del pequeño Madiba, os reconforte todos los momentos maravillosos que su vida ha tenido para vosotros. Poder recordarlo con ternura y sentir que el tiempo que compartisteis con él, fue un regalo.
  • Creo que no me equivoco si os transmito que cada uno de los miembros de esta Asociación, y yo misma, deseamos que, con el tiempo, encontréis la serenidad, como recoge de forma poética el libro del Eclesiastés:

Todo tiene su momento,

y cada cosa su tiempo bajo el cielo;

hay un tiempo para nacer

y un tiempo para morir;

un tiempo para plantar

y un tiempo para la recolección.

(…)

un tiempo para abrazarse

y un tiempo para separarse.

4 thoughts on “Resistiré (psicológicamente) al estado de alarma (VI)”

  1. Manuel Samanievgo dice:

    Por quien doblan las campanas

  2. Carlos dice:

    BESOS AL CIELO PEQUEÑO MADI ❤…GRACIAS A LA VIDA POR HABERME PERMITIDO CONOCERTE …PRECIOSAS PALABRAS LAS QUE ACABO DE LEER.

  3. Pilar García dice:

    Muy bonitas palabras. No hay mejor manera de describir el duelo de un padre y una madre al perder a su pequeño. Seguro que Madiba desde allí arriba los cuidará siempre y les dará la paz necesaria para recordar su vida, que aunque corta en tiempo estuvo llena siempre de fuerza y alegría. Un regalo.

  4. Mercedes dice:

    Muchas gracias por tus palabras. Como bien dices nos quedamos con que fue un regalo, y día a día aprenderemos a vivir con su recuerdo, con el dolor y en su honor. Un abrazo.

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